¿PODEMOS CONTROLAR NUESTRO FUTURO?

3ER DEBATE | 20 SEPTIEMBRE 2018

Hay muchos futuros posibles,
¿crees que podrías decidir el tuyo?

Planificar mi futuro

Un nuevo debate de FUTUROS moderado por Mara Torres el jueves 20 de septiembre a las 8:30 PM.

3er DEBATE

¿PODEMOS CONTROLAR NUESTRO FUTURO?

Mira este vídeo resumen para descubrir algunas de las reflexiones que surgieron en el tercer debate de Futuros.
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LOS INVITADOS
Sabadell Futuros - Invitados

Jon Sistiaga

PERIODISTA
DE INVESTIGACIÓN

«Decir que se tiene
o no se tiene futuro es
una expresión fallida.
El futuro existe y existirá...

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Sabadell Futuros - Invitados

Miguel Pita

DOCTOR EN GENÉTICA
Y BIOLOGÍA CELULAR

El éxito está escrito
en mis genes? Sin duda la
respuesta más corta es “no”.
Porque el futuro...

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Sabadell Futuros - Invitados

Patrícia Soley-Beltran

SOCIÓLOGA Y
ANTROPÓLOGA

Y tú, de mayor, ¿qué
quieres ser? Me pillaron
por sorpresa la
primera vez. Mmmm…

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Sabadell Futuros - Invitados

Marta García Aller

PERIODISTA Y
ESCRITORA

Para entender hasta qué
punto vivir en un mundo
conectado nos va a cambiar la
vida no hace falta saber...

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Jon Sistiaga

PERIODISTA
DE INVESTIGACIÓN

@jonsistiaga

Orwell se equivocó

Decir que se tiene o no se tiene futuro es una expresión fallida. El futuro existe y existirá. Para todos. La cuestión es cómo aproximarlo a lo que nos gustaría que fuera. Cómo nos contemplamos de aquí a unos años y qué va a suceder realmente con nosotros. Esa es la pregunta. Los Sex Pistols cantaban el “No Future” en una canción dedicada a la rReina de Inglaterra, y esta les ha sobrevivido, por el momento, 40 años. La literatura está llena también de autores que dibujaron el futuro, casi siempre distópico, y muy pocos fueron proféticos. Ni siquiera Orwell, que fue el que maás arriesgó dando una fecha titulando una de sus novelas “1984”, acertó del todo. Nadie acierta con su futuro, porque este es, y eso es lo bonito, impredecible...

Pero tenemos, eso sií, algunas herramientas para irnos acercando poco a poco a ese momento que todos hemos imaginado. Porque todos, pensamos en cosas parecidas: un retiro tranquilo y una situación desahogada para nuestros hijos. Lo pienso yo, lo piensas túu, que estás leyendo esto, lo piensa una madre somalí o un refugiado sirio. Lo piensa un migrante centroamericano o un pescador noruego. ¿Qué tenemos todos nosotros en común? Que queremos vivir mejor. El ansia de un mejor futuro es el motor poderoso que mueve el mundo. Corremos riesgos porque merece la pena. Nos tiramos al vacío porque la suerte, o las oportunidades, no van a venirnos al sofá de casa. Saltamos muros o cruzamos mares porque tenemos derecho a una vida mejor.

Hay un único elemento que nos unifica. Una sola herramienta que se puede encontrar en todo el mundo. No es el azar, no es la suerte, no es el entorno en el que naces o te crías, no, tampoco son los genes que te tocan en ese reparto cósmico que apenas empezamos a entender. Es la Educación. Escrita así, con mayúscula. La Educación para ser mejores personas. Para entender dónde nos ha tocado nacer y qué podemos hacer para mejorar ese ecosistema. O cómo podemos huir de éel. No hay nadie predestinado a convertirse en asesino, en abogada, en sacerdote o en presidenta del gobierno. Nadie nace predestinado. No existe el determinismo social. Me atrevería a afirmar que como mucho hay personas predispuestas a aceptar su lugar en el mundo o su falta de oportunidades. Pero muchas otras no. Porque, con voluntad de cambio y con educación para entender tus opciones, puedes intentar cambiar tu futuro. A pesar de los titulares que leemos todos los días, estamos, como dirían los ángeles pinkerianos, mejor que nunca en la historia de la Humanidad.

Las mayores lecciones vitales me las he llevado en los lugares más miserables del planeta. Niñas que en Calcuta acuden cantando a clase porque saben que allí es donde van a poder liberarse de un sistema patriarcal y machista que las considera humanas de segunda. Críos que en el Congo vuelven de trabajar en las minas del coltán y hacen sus cuentas con la calculadora de un viejo teléfono Nokia para ver cuáantas monedas van a llevar a casa. Jóvenes que en las comunas de Medellín rechazan las ofertas de dinero rápido del narco y prefieren aprender un oficio. Todos ellos buscan otro futuro diferente al que la vida les ha dado. Saben que lo pueden cambiar gracias a su constancia y su fuerza de voluntad. Y lo saben porque otros ya lo han conseguido. Porque se puede. En el medio de su trayecto vital vendrán los golpes de buena o mala suerte, la ayuda y comprensión de los demás, la superación de sus propias carencias personales, pero su Educación, su forma de ver el mundo como un lugar de oportunidad, eso es difícil que se lo arrebaten. Educar, educar, educar, esa es la penicilina del futuro.

Miguel Pita

DOCTOR EN GENÉTICA
Y BIOLOGÍA CELULAR

La genética y el futuro

La genética y el futuro 1: el éxito

¿El éxito está escrito en mis genes? Sin duda la respuesta más corta es “no”. Porque el futuro no está escrito en ninguna parte. Pero, por otro lado, lo que dicen mis genes condicionará mi éxito, y mi futuro, más de lo que me gustaría reconocer. El ADN determina completamente algunos de mis rasgos, como mi color de ojos, mi grupo sanguíneo, o, incluso, algunas enfermedades latentes que padeceré si están escritas en algún lugar de mi código genético. Sin embargo, para la gran mayoría de los rasgos el ADN no es un dictador, no determina, solamente crea una propensión. Mi estatura está muy influenciada por unas cuantas decenas de mis genes, pero finalmente es el resultado de la combinación de mi genética con mi alimentación y con las secuelas de las enfermedades que padecí en mi desarrollo. Siendo esto así, yo habría tenido distintas estaturas en distintas vidas alternativas, pero, eso sí, siempre habría rondado los 180 centímetros por designio de mi genética. De forma similar, muchos factores psicológicos, quizá inesperados, como mi agresividad o mi aversión al riesgo, también serán el resultado de la compleja ecuación que resulta de la interacción de mi genética con los acontecimientos de mi vida.

Imaginemos que cada uno tenemos delante un camino de tierra. Algunas personas tendrán un camino que es más ancho que el de otros. El camino de algunos tendrá más piedras y socavones que el de sus amigos, que tendrá, por ejemplo, las cunetas menos profundas. Por tanto, todos tenemos un camino parecido pero distinto en ciertos detalles. A lo largo de la vida debemos avanzar por ese camino tomando permanentemente decisiones: si lo recorremos andando o corriendo, si miramos al frente o nos entretenemos con el paisaje, si lo asfaltamos o lo dejamos de tierra, etcétera. La genética es ese camino de tierra personal de cada uno, porque nuestro ADN nos ofrece una situación de partida, mientras que lo que llamamos “entorno” o “ambiente” serán los eventos de la vida, que condicionan si corremos o paseamos por nuestro camino, si lo asfaltamos o si tropezamos: es decir, nuestra familia, amigos y también nuestros accidentes o golpes de suerte. Porque no podemos olvidar que el azar también reescribe el guion de la película de la vida.

El azar juega un importante papel, como cualquiera puede asegurar si recorre su pasado con la memoria. El éxito no se escapa a esta fórmula. Por ejemplo, para llegar a ser un número uno en el tenis sin duda necesitaré golpes de suerte en el camino, mayores o menores: una lesión fortuita ha terminado desafortunadamente con la carrera de muchas promesas del deporte. Pero habrá otros factores que influirán tanto o más que el azar: mis genes me tendrán que constituir con una personalidad competitiva, con buenos reflejos, elevada capacidad de concentración y sacrificio, y unas ideales características físicas. Si no es así, podré disfrutar del deporte, pero no seré uno de los mejores. E igualmente tengo que tener en cuenta que todas esas habilidades que me aporta potencialmente mi genética deben ser cuidadas, trabajadas, explotadas al máximo. Para eso necesitaré el ambiente adecuado: los entrenadores, los amigos, el entorno familiar y social que me apoye. Porque si nazco en un entorno en el que simplemente no pueda tener acceso a una raqueta y entrenar, ya estaré anulando el potencial de mis genes. La fórmula resultante es que la genética es necesaria, pero no suficiente, y lo mismo pasa con el ambiente: imprescindible, pero incapaz de hacer milagros por sí solo.

Para muy pocos rasgos el ADN es determinante con poder absolutista. Pero lo llamativo es que, para todas las características que se nos puedan ocurrir, nuestra genética puede crear una cierta propensión: desde el oído musical a la capacidad de cooperar. Nuestro camino original lo pone el ADN, y el resultado final, nosotros a lo largo de nuestra vida. Además, hay que tener en cuenta que las habilidades y talentos, fuente del éxito, están repartidos. Siempre habrá algo para lo que estaremos más dotados por naturaleza. ¿Debemos elegir ese camino? No necesariamente, porque tenemos recursos y plasticidad para llegar lejos en lo que nos propongamos. Pero si identificamos nuestro talento, simplemente partiremos en un camino más adecuado.

La genética y el futuro 2: ser capaces de imaginar

La genética es posiblemente la disciplina científica que más rápido va a avanzar en las próximas décadas, junto con la inteligencia artificial. Las herramientas contemporáneas más sofisticadas permiten avances como la edición genética, es decir, hacer cambios controlados y selectivos en el ADN. Somos capaces de modificar nuestra genética. En un futuro próximo estas herramientas podrían comenzar a aplicarse y permitirían realizar modificaciones “a la carta” en la futura descendencia. Esto evitaría una gran cantidad de enfermedades genéticas, pero sin duda también abriría la puerta a un mundo diferente que nos podría recordar a tantas películas y libros de ciencia ficción. Pero esta no es la única vía por la que podemos relacionar las ideas de genética y futuro: la mayor contribución que ha hecho jamás la genética humana al futuro es inventarlo.

Nuestro cerebro es único en su habilidad para anticipar el futuro. Esa capacidad de pensar en un tiempo que no ha ocurrido es un regalo de nuestra genética, de la genética que crea el cerebro de la especie humana.

El futuro no existe, nunca llega. Solo vivimos el presente. Porque el futuro es una ilusión, un espejismo, una idea abstracta. Pero es una ilusión muy útil, porque convierte a nuestro cerebro en una herramienta predictiva. Tener la capacidad de imaginar el futuro hizo a nuestra especie la más aventajada del planeta. Un cerebro con capacidad de anticipación permitió a nuestros antepasados almacenar comida, planificar la caza y desarrollar estrategias vitales y comerciales que desembocaron en crear sociedades complejas y, finalmente, conquistar el planeta.

La capacidad de pensar en el futuro, única de la especie humana, es un indicador de madurez de nuestro sistema nervioso. Los niños nos permiten ser testigos del fenómeno, porque durante la infancia el cerebro está todavía en proceso de desarrollo y carece de ciertas habilidades. Su genética trabaja para fabricar un sistema nervioso que tarda años en alcanzar la complejidad necesaria para comprender y emplear conceptos abstractos como el de “futuro”. Por tanto, si a un niño de cuatro4 años se le ofrece elegir entre recibir un caramelo hoy o diez pasado mañana, no tendrá la capacidad de elegir la gratificación demorada, porque los cerebros inmaduros viven a tope el presente. Nuestra genética nos ha regalado un cerebro que cuando está plenamente desarrollado adquiere competencias fascinantes y sorprendentes, aunque podamos estar acostumbrados a ellas. La capacidad de planificar el futuro, de imaginarlo, de diseñarlo, de modificarlo, es un maravilloso regalo de nuestra genética. Sin duda hay que aprovecharlo.

Patrícia Soley-Beltran

SOCIÓLOGA Y
ANTROPÓLOGA

Ningún puerto

Y tú, de mayor, ¿qué quieres ser?

Me pillaron por sorpresa la primera vez.

Mmmm…

Los mayores piensan en eso que llaman “futuro”. ¿Ser de mayor es diferente a ser de pequeña? ¿Esperan que yo quiera ser otra en el futuro? Me daría un poco de miedo. Además, debe costar mucho, tanto que no sabría ni cómo pensarlo. ¿Se puede ser extraña a una misma? La verdad es que algunos mayores parecen bastante perdidos.

Lo mejor será responder qué carrera me gustaría estudiar – en el colegio me animan a hacerlo y a mí me gusta–, - pero todavía no lo he pensado. Es que yo creía que el futuro quedaba lejos, y esta señora ahora va y me atrapa con su inesperada pregunta. Vaya compromiso. ¿Qué le contesto? Los mayores nunca se contentan con un “‘no sé todavía’”.

“Me gusta la historia”, balbulceé tentativamente.

Crecer en el Barrio Gótico de Barcelona impone una visión del mundo. Pronto aprendes que las civilizaciones están hechas de capas superpuestas, de nacimiento, destrucción, renacimiento. Estratos hechos de avances, retrocesos y avances; de plenitud y decadencia. Geología de vida.

Intuyo que la pregunta va a repetirse. Proyectarse hacia adelante sin saber. No me gusta. ¿Será este el significado del verso que el poeta barcelonés Juan Goytisolo le escribe a su hija en Palabras para Julia: “la vida ya te empuja como un aullido interminable”? Da miedo. Fiar tu vida a una apuesta, sin saber. Refino la respuesta preparándome para la siguiente ocasión:

“Arqueóloga”.

Me preguntan por mi futuro cuando miro al pasado para entender el presente: la hierba que crece sobre las ruinas, las gentes abriendo calles nuevas con ilusión y fuerza. Vivir ante una necrópolis romana marca carácter. Aprendí rápido que la vida tiene un principio... y un final. Que nos convertimos en polvo y que nadie tiene respuestas definitivas. Los antiguos egipcios indagaban más allá, querían preservarse, habitarlo. Los Reyes Magos me trajeron todos esos librotes ilustrados que les pedí y me encanta leer sobre su civilización. Me gustaría saber más:

“EGIPTÓLOGA”.

A ver si así dejan de preguntar.

Pero la pregunta vuelve sobre sí misma y soy yo quien quiere saber: ¿qué va a ser de mí en este sueño del tiempo? ¿En quién voy a convertirme? Me rodean palacios e iglesias construidos para ser eternos. Sus muros permanecen mucho más que ninguno de nosotros. Cientos de años. Piedras que son valores solidificados, voluntad de eternidad que te enseña a pensar más allá, mucho más allá, a comprometerte con algo más alto que tu mera subsistencia material.

De pequeña esperaba ser feliz, tener un trabajo estable y retribuido justamente. Quizá no escogiera el camino más fácil, quizá haya apostado por mi pasión y no por una promesa de seguridad. En muchas ocasiones me he jugado el tipo con mis decisiones: dejé mi carrera de historia para trabajar de modelo. Me aburrí de mi profesión y trabajé como presentadora y actriz. No me gustaban los guiones que me ofrecían y volví a un antiguo amor: la universidad; no faltaron aquellos que me llamaron loca por dejar el glamour por un lápiz. Quería estudiar en el Reino Unido: con una insuficiente beca Erasmus, algunos ahorros, ropa inadecuada y la bendición de mis mejores profesores, emigré a Escocia. Trabajé muy duro y me dieron oportunidades: a pesar de las dificultades materiales, fui feliz estudiando y me gradué con honores. Quise seguir: acometí un doctorado y me formé para ser investigadora. Sin querer tener en cuenta el riesgo profesional que corría, pues la inversión en ciencia en España es mucho menor que la del Reino Unido, decidí volver a mi país con una beca que terminó abruptamente y sin previo aviso. Sin haberlo deseado, encontré trabajo como funcionaria interina en un puesto de responsabilidad. Internacionalizar las universidades era un trabajo bonito, pero no quise consolidar mi plaza, pues dedicaba mi tiempo libre a investigar, no a preparar oposiciones. Me llamaba. En cuanto pude, regresé al mundo universitario: fui docente freelance durante más de una década, con la extrema precariedad que esto conlleva. Mi noción de responsabilidad social me llevó a divulgar conocimiento académico: tomé cursos de escritura para ampliar mis registros de estilo y convertirme en ensayista. Aproveché un parón profesional para escribir el libro que llevaba años deseando escribir y lo llevé más allá: me fundí todos mis ahorros – ya fue un lujo poder ahorrar- financiando un ensayo que quería que saliera redondo. Compré mi tiempo: conseguí un prestigioso premio con el que nunca había soñado.

Quizá ésta esta parezca la trayectoria de una valiente, pero yo siempre sentí que estaba haciendo virtud de la necesidad. Algunas de estas elecciones fueron financieramente ruinosas. No se lo recomendaría a nadie. No recomendaría otra cosa. Aunque haya tenido muchos momentos de flaqueza, no me arrepiento. Me he sido fiel..

Finalmente, me he convertido en arqueóloga de saberes. Nunca lo hubiera podido preveer, pero es coherente. Tampoco pude preveer los muchos imprevistos imponderables, lo desconocido, lo que he aprendido. Cosas maravillosas por las que siento agradecimiento y disfruto sintiéndolo. Soy afortunada. En mi proyección de futuro, sólo acerté en lo de ser una profesional independiente, sin ser consciente de lo que cuesta.

¿Y ahora? Sigo divulgando mediante mi labor de gestión cultural en diversas y prestigiosas instituciones. Quiero que el saber que me ayudó tanto, llegue al máximo de gente posible. ¿Qué me gustaría hacer en un futuro, lo más cercano posible? Me gustaría seguir divulgando mediante otro tipo de lenguaje, la ficción, y seguir creciendo humanamente, esta vez como escritora. Quiero volver a dar un salto y necesitaré puentes. De nuevo ponderaré una y otra vez mi situación y mis posibilidades antes de tomar decisiones. De nuevo, trataré de poner en juego cierta previsión, sabiendo que los imponderables son legión. Sé que seguiré contando con la ayuda de los que me quieren y que tendré que ponerle mucha voluntad. Vivir en un verbo que se conjuga en gerundio: SIENDO.

Paseando por la bella Edimburgo, en uno de los muchos momentos difíciles que tuve durante el doctorado – trabajar un lustro en un proyecto del que sólo ves la luz al final del túnel a finales del cuarto año da para muchos abismos – me llegó una revelación que parecía sacada de Harry Potter. Una colorida postal de la librería Word Power afirmaba: “Cuanto antes te retrases, más tiempo tendrás para recuperar”. Esta irónica paradoja me dio la clave para comprender por qué la invariable juventud de las modelos no es una profesión de eternidad, sino una trampa visual y por qué yo había recuperado mi vida a otra velocidad. Hice bien pensando en términos de ser, y no de tener. Me inspiró el rezo que el poeta Joan Maragall expresa en su sublime poema “Excelsior”: no me dejo llevar a las tranquilas aguas mansas de ningún puerto; huyo de los horizontes abyectos, siempre, siempre mar adentro.

Hoy en día, todavía le doy cuerda al reloj de mi primera comunión. Un día me preguntaron qué era para mí el lujo y supe la respuesta: tener tiempo para leer y escribir, estar con la gente que amo y contemplar la belleza del mundo. El futuro vive en un presente ardiente: el del que vive la vida como un aprendizaje, un camino de conocimiento, un regalo. Para mí, el futuro es una novela por escribir. Mi compromiso con el presente es seguir ahondando en esa arqueología vital, viviendo y narrando una historia, la de mis semejantes y la mía, tratando de hacerla mejor, más humana. El futuro lo escribimos ahora, habitando nuestro tiempo como una riqueza, dejandolo respirar, y sabiendo que, a cualquier edad, se nos puede plantear una decisión vital. Cuando un ciclo se completa, sólo el instinto puede guiarnos. El tiempo es un aliado. En el gran mar noble. Ningún puerto.

Marta García Aller

PERIODISTA Y
ESCRITORA

El fin del mundo tal y como lo conocemos

Para entender hasta qué punto vivir en un mundo conectado nos va a cambiar la vida no hace falta saber de robots, ni de blockchains ni de vehículos autónomos. Cuando escribí "El fin del mundo tal y como lo conocemos" (Planeta, 2017), cada vez que quería describir el futuro me acordaba de la máquina de escribir Olympia Splendid de mi abuelo que aún conservo como un tesoro. Recuerdo quedarme hipnotizada de niña viéndolo teclear velozmente con dos dedos.

Me encantaba el sonido de las teclas y el olor del típex que usaba para corregir los errores: había que esperar a que se secara y luego rasparlo con mucho cuidado con la uña. Para acordarse de lo que es el típex hay que tener edad de haber vivido en el mundo de antes de Google. No podía imaginarse mi abuelo que ni el típex ni las máquinas de escribir sobrevivirían al cambio de siglo.

Veintitantos años después de teclear por primera vez aquella Olympia, y seguro que gracias a ella, yo ya me ganaba la vida escribiendo. Solo que en un ordenador y sin típex, claro. Una tarde de hace unos cuantos veranos, cuando mi abuelo iba camino de los noventa y cinco años, me pidió que le explicara qué tenía de especial mi ordenador nuevo.

“¿Cuántos folios caben dentro?”, me preguntó. “Miles…, millones…”, respondí desconcertada. Él asentía, con asombro, como si estuviera calculando cuántas vidas tardaría su nieta en escribir lo suficiente para llenar un aparato semejante. “Pero es que también se pueden meter vídeos, fotos…”, añadí. “Claro, claro… Pero ¿como cuántas fotos, así, más o menos?”. Los ordenadores siempre fueron para él una máquina de escribir con pantalla, y los folios, la única unidad de medida del todo comprensible.

Este es el problema de hablar del futuro. No solo no han llegado todavía las tecnologías que van a cambiarnos la vida en las próximas décadas. Ni siquiera se ha inventado el lenguaje apropiado para entenderlas. No hablamos el idioma del futuro porque este no existe todavía, y muchas de las palabras que lo van a explicar tampoco. Igual que nadie hubiera entendido en los 90 qué era eso de Twitter o WhatsApp.

Por eso, para entender cómo está cambiándonos la vida la innovación tecnológica a veces lo es fijarnos en lo que estamos a punto de dejar atrás. Cuando la innovación se acelera, toca despedirse de muchas otras cosas. Igual que dejamos atrás los videoclubs, el fax y las máquinas de escribir, con la transformación digital están llegando muchos finales que nos cambiarán la vida. Llega el fin del petróleo, el fin de las tiendas, el fin de los volantes y hasta el fin de las cajas registradoras. También estamos presenciando el fin de la conversación y la paciencia.

La inteligencia artificial no solo cambia nuestra manera de trabajar, de comprar y de vender: también la forma de pensar, de enamorarnos y hasta de tener hijos. Y aunque algunos de esos finales no los añoraremos, igual que no echamos de menos los coches de caballos para ir a trabajar, otros deberíamos pensarnos dos veces si queremos que desaparezcan.

Pero si hay algo que no se va a acabar, en un momento en el que se avecina el fin de tantas cosas, es la necesidad de aprender. La empatía, el cuidado de las personas y la creatividad van a ser habilidades cada vez más cotizadas en un mundo lleno de robots y en el que la inteligencia artificial no ha hecho más que despertar.

El futuro es una ilusión. Lo proyectamos de niños para soñar qué queremos ser de mayores y hasta para planear las próximas vacaciones. En un mundo que atraviesa un momento de cambio tan vertiginoso como el actual, cuando todo cambia tan rápido, ante tanta incertidumbre, conviene hacerse muchas preguntas. Dudar mucho. Y más importante que adivinar lo que viene es estar preparados para adaptarse en un mundo en permanente transformación. La clave está en cómo hacer para que con lo nuevo nos compense lo que dejamos atrás. Y quedarse con lo que más nos hace ser nosotros. Por eso guardo la Olympia Splendid de mi abuelo como un tesoro que me acompañará toda la vida.

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"Tener sueños, al fin y al cabo, es imaginarse un futuro."

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